El pequeño búho, en su nueva casa, ya tiene sitio asignado. Al principio le costó un poco hacerse a la idea de cambiar de hábitat, pero después le gustó su balda, la ilustración que le acompaña y la luz matizada del flexo.
Casi siempre está recostado contra la pared, descansando los ojos, pero de vez en cuando camina a saltitos hasta el mismo borde, comprueba que la cama sigue en su sitio, con ese colchón mullido que evita los dolores por caída, y aferrándose fuerte al borde con las patas, ulula un ratito agitando las alas.
Cuando echa de menos el bosque se acerca al libro de los parques de Londres, con su otoño perpetuo en portada, y olisquea sus hojas, que huelen a tierra húmeda, a madera y a musgo verde.
Menos mal que siempre puede contar con sus amigos los zorros cuando la nostalgia no la salva ni el rojo ni el verde de las hojas del libro, ni los olores escondidos en el tomo. Cuando les llama (dos uuuuuuuh... largos y otro más corto), acuden con la rapidez de su especie. Y pasan las tardes hablando de tierra, de musgo, de hojas y de pequeños roedores apetitosos.
Muchas gracias a José por sus fotos.




0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada